SOBREVIVIENTES. (Ramón Acuña).

Dicen los “baquianos” de la playa llolleína en desintegración que la población Brisamar no volverá a ser lo que fue. El progreso de unos pocos ha sido para ellos una ola peor que las inundaciones de los años sesenta cuando el Estero El Sauce recuperaba su curso con fuerza y soberanía ancestral. Brisamar perdió los atardeceres que inspiraron al vate Roberto Bescós tras un murallón de contenedores que enrareció el aire con una mezcla promiscua de gas de motores, tierra suelta en verano, barro en invierno y un traquetear de metales, imparable y agresivo. Allí, la calidad de vida “se fue a las pailas” hace ya un buen rato. Es cierto, que, mientras más humildes son los asentamientos humanos tanto más borrascosos son los inviernos, sólo que en la Brisamar, cuando no se pedía permiso a nadie para ir hasta la playa, quedaban la primavera y los veranos, que su rebusque tenían. Esos tiempos fueron arrollados por el “progreso”, emigraron, y con ellos quienes tiraron la esperanza a la basura. Se quedan los porfiados de espíritu, los que quisieran dormir sin el temor de llegar a ser blanco de contenedores azotados por la furia de los océanos cuando pierden la paciencia; los que añoran el uso civilizado de la Avenida La Playa, un bien nacional de uso público, en la práctica, privatizado por el feudalismo empresarial imperante; cuando los mal llamados “Ojos de Mar” eran un solo y gran humedal sin asomo de la contaminación que el progreso que conocemos arrastró hasta allí, dando pie a la clara intención de sellar la cuenca sur en beneficio de un gigantesco aparcamiento de transportes de carga, remando al revés de lo que se estila en los grandes puertos del mundo que se prolongan mar adentro y urbanistas que proyectan los parques vehiculares fuera del área urbana.

No hay duda que situaciones traumáticas como ésta de la Brisamar abren paso al fatalismo popular: “¡Qué diablos, habrá que poner el cuero duro!”, “Es lo que hay.” A esta altura del derrotismo escasean los gallos de pelea, si bien, conozco a uno que no se rinde y que tiene fundados temores y aprensiones que sostiene con vehemencia. Quienes conocen desde la infancia el flujo y el reflujo de las mareas saben que el mar y el río, al tiempo que dan, también quitan, y que no siempre quienes transforman la franja costera a discreción, escuchan a los lugareños, especialmente, cuando reclaman protección y prevención de riesgo ante la invasión empresarial de su entorno.

En estos días el río y el mar están regresando por los espacios usurpados a la naturaleza y al bien común.

También nosotros.

Digo yo.

( El autor es miembro del Comando por los Derechos de San Antonio : www.ellitoraldelacultura.cl)